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Semifinalista: la Argentina venció 2 a 0 a Venezuela y habrá superclásico con Brasil

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Argentina
DIARIO ESQUEL SUR
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Acostumbrados a mirarse de reojo, a admirarse entre dientes, a disfrutar de los males del otro y padecer sus alegrías, Argentina y Brasil vuelven a tener la oportunidad de arreglar sus cuentas cara a cara. Es la consecuencia de un viernes que tuvo una escenografía argentina en este templo del fútbol mundial llamado Maracaná. Ahí están Messi y sus muchachos, las caras felices, los brazos ofrendando tímidamente el triunfo, en el atardecer de esta ciudad que se les dibuja Maravilhosa. La selección de los tumbos iniciales acaba de firmar una buena victoria ante Venezuela y sacar pasaje a Belo Horizonte, para medir la altura del gigante el martes próximo. Habrá entonces un premio apetecible en juego: el pase a la final de una Copa América que, ahora sí, levanta temperatura.

Argentina se va satisfecha de Río porque empezó a encontrarle respuestas a algunas de las muchas preguntas con las que había llegado a los cuartos de final. Sabe que, en cualquier escenario, ya no deberá prescindir de Lautaro Martínez, el mejor de la cancha, el que abrió el camino con un gol y mostró que a la calidad no le importan la edad ni la instancia: «Es el partido más importante de mi vida», había dicho el jueves. Ahora tendrá que volver a repetirlo. Tiene claro Argentina también que De Paul, puro empeño y contagio, es una solución posible. Que Paredes, a esta altura el mejor argentino del torneo, necesitaba minutos para demostrar que podía ser el 5 de la selección. Lo demostró en un ejercicio de ubicación y control de juego a un nivel que no se le había visto.

Se dijo, no fue una versión inmejorable. Pero sí necesaria: por fin, la selección completó un partido que se jugó de acuerdo a lo que pretendía durante la mayor parte del tiempo. Y todo sin Messi: valga la figura para explicar este andar extraño del capitán, el que cantó el himno como nunca y buscó como siempre, pero que no dejó más que pinceladas efímeras de su talento inconmensurable. Como si algo de su vasto repertorio estuviera guardado para una ocasión más relevante. Messi y su urgente reivindicación en este torneo tiene una cita en el calendario: el mapa se la fijó en el Mineirao.

Brasileños con camisetas de Argentina, en todas las tribunas. Una convivencia pacífica con los que gritan por Messi, que de a poco también puede transformarse en picante. Empieza a ganar la selección y entonces los locales se vuelcan decididamente por Venezuela. Exageran un «ooole, ooole» para acompañar pases en mitad de cancha que no harán daño. Es que de pronto, el clásico empezaba a parecer posible. Esa idea se instaló desde el comienzo del juego, cuando Argentina aceptó la invitación de Venezuela, que se juntaba en 25 metros entre Rondón, el delantero, y Cancellor, el último defensor. El campo y la pelota, en la primera media hora, fueron de Paredes, el bastonero, y de Lautaro Martínez, un portento físico decidido a todo, incluso a chocar con Dudamel cuando no pudo frenarse y salió de la cancha.

El delantero le daba la razón a Scaloni, que había decidido mantener a los tres atacantes. Pero era este chico de 21 años -mucho más que Agüero y Messi- el santo y seña de la selección en el Maracaná. Un gol de taco, después de un remate defectuoso de Kun, actitud para impedir la salida cómoda de la defensa venezolana y un juego en el cuerpo a cuerpo que explica por qué le dicen Toro. Martínez tiene en su bagaje una calidad técnica tal que es capaz de controlar la pelota en el aire, encimado. Y es, también, una sombra negra para el arquero Fariñez: en el Sudamericano Sub 20, en Ecuador 2017, le había anotado dos goles, decisivos para obtener el pasaje al Mundial.

Esos méritos no fueron leídos del mismo modo por el técnico, que sorprendió con el primer cambio: afuera Martínez, adentro Di María para jugar de delantero. Iban 19 minutos de la segunda etapa, era el tramo en el que Venezuela, obligada, había dado un paso adelante con el ingreso de Soteldo para abandonar el 4-1-4-1 y plantar un 4-2-3-1, acorde a la necesidad. Ya Argentina no disponía tanto de la pelota, pero tampoco sufría atrás. Pero ese repliegue hacía que el arco de Fariñez empezara a quedar muy lejos. El Maracaná empezó a ser una estancia para Messi, Agüero y el ingresado Di María. La Vinotinto percutía por fuera. A los 25 minutos, tuvo el empate en Hernández, que llegó libre por derecha y remató fuerte: llegó la gran atajada de Armani.

Lo que vino después está escrito en un viejo capítulo de este juego. Paga el que no define: bastó una combinación de De Paul -de gran partido- con Agüero para que Argentina encontrara el segundo gol en el pie zurdo de Lo Celso tras el rebote de Fariñez. Y vino después la fiesta que bajaba de las tribunas: el Maracaná parecía celeste y blanco, con voces que provocaban a Brasil y ya instalaban en la piel de los jugadores lo que está por venir. Argentina y Brasil, otra vez cara a cara. Como siempre y como nunca.

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