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Intolerancia peligrosa – La columna de Jorge Oriola

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Jorge-Oriola
DIARIO ESQUEL SUR
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Hace un tiempo expresé en otra nota mi rechazo absoluto a gestos y dichos de intolerancia de mucha gente ante personajes en conflicto y sucesos de gran interés mediático. Cuando se trata de de reclamos territoriales indígenas y la represión reiterada sobre las comunidades mapuche-tehuelche de la zona, la desaparición seguida de muerte de Santiago Maldonado, el crimen por la espalda a cargo de personal de fuerzas de seguridad del joven Rafael Nahuel y la prisión política de Facundo Jones Huala, y deberíamos agregar procesamiento de parientes de “Rafita” y de Moira Millán, los insultos y agravios que suelen leerse en redes sociales son realmente abominables; xenófobos, racistas, violentos.

Opinar es un derecho constitucional. Es parte de lo que llamamos “libertad de expresión” aunque no siempre se entiende bien el alcance del concepto. Es el derecho de las personas a decir y difundir libremente lo que se cree o se piensa sin ser por ello perseguidas, censuradas, hostigadas de modo privado o público. Es la puerta abierta a debates que nos permiten conocer otras ideas y construir nuestro ideario, incluso modificando muchas veces impresiones originales. Es la exteriorización de algo más íntimo e inviolable: nuestra libertad de pensamiento.

No obstante, siguiendo el clásico dicho “la libertad de cada uno no debe colisionar con la libertad de otro u otros”, debemos entender que esa libertad de expresión no puede lesionar los derechos y libertades de las demás personas que, por acción de la autonomía de otros, puedan sentirse ofendidas, afectadas, dañadas en su vida privada o sus ideas. Y tampoco se debe abusar de esa libertad de expresarse para hacer apologías del delito, incitación a la violencia, el odio social, religioso y racial o instigar al crimen de manera desenfadada e irresponsable.

En los tiempos actuales, las redes sociales y los portales de noticias de diarios y periódicos o canales de internet ofrecen un espacio para comentarios de lectores. Y estos espacios se han convertido en verdaderas cloacas en las cuales un gran número de personas se expresan de la peor manera posible y no sólo en la forma, cuestión de mal gusto pero de importancia menor, sino en los contenidos de los dichos. En general, muchas de las opiniones que se escriben adolecen de malas informaciones o des-informaciones de todo tipo: políticas, históricas, geográficas, estadísticas… Es decir, se transforman errores de conocimiento en opiniones vulgares sin el “yo creo” o “a mí me parece que”, como construcciones de pensamiento inapelables, afirmaciones categóricas que no admiten dudas. La opinión o intuición, modificable a través del debate, se consagra como una verdad edificada con soberbia.

Lo peor es la estigmatización del otro y muchas veces las cataratas de insultos que acompañan esa estigmatización. Y los deseos y hasta convocatorias a la muerte del otro, es decir, potenciales criminales piden que se cometan crímenes; que se maten a los que piensan distinto. Esto se lee seguido contra los indígenas, las mujeres que reclaman pañuelos mediante, las mujeres en general, los militantes políticos, sindicalistas, extranjeros, personas en estado de pobreza extrema o indigencia. Racismo, odio, xenofobia, aporofobia y otros sentimientos negativos más.

El problema se agrava cuando en la sociedad se llega a creer que la opinión pública define o determina las culpabilidades. Ya tenemos en Argentina hoy una “justicia” bastante débil y de actitudes confusas y otras claramente “injustas”, porque la “justicia” tiene los ojos vendados. Imaginemos si a esto agregamos el “juicio” del público a través de los medios y las redes. No hace tanto, el presidente Macri justificó, muy suelto y sonriente, la detención de una líder norteña que sigue presa sin el debido proceso, diciendo que la mayoría, y especialmente el periodismo, creía que ella era una persona muy peligrosa para la vida de todo el Norte argentino. Si la máxima autoridad, elegida por los votos, en lugar de respetar los principios constitucionales respecto de la presunción de inocencia y de preservar el orden judicial por sus mecanismos naturales, insta a considerar la opinión del público para justificar la cárcel, entonces entramos en caminos oscuros y estrechos. En realidad, ya hemos entrado peligrosamente en caminos oscuros.

Durante gran parte de la historia occidental y hasta aproximadamente finales del siglo XVIII, la Iglesia católica por medio del Tribunal del Santo Oficio, generalmente llamado La Inquisición, ajusticiaba públicamente a los acusados de herejía o de brujería. Parte del pueblo pobre y explotado, sin instrucción y con hambre, era citado a presenciar las ejecuciones. Allí se desataban las terribles manifestaciones del pueblo, contra la “bruja” y sus actos, convalidando a viva voz la condena oficial a reos y reas presuntamente hechiceras o herejes, verdaderos enemigos de la palabra divina y por ende de la sociedad. Predispuestos, esos centenares de personas condenaban de antemano y ratificaban la pena de muerte a los gritos mientras el humo y el olor a carne quemada y los aullidos de las víctimas inundaban el aire.

Hoy muchos, seguramente más instruidos que aquellos pobres de antaño, insultan, condenan, reclaman que se expulse del país o del trabajo a quienes se cree culpables de ciertos hechos que se dan por reales, sin la debida información y sin pruebas, sin que sea la “justicia” la que deba actuar conforme a principios constitucionales y leyes. Y se plantea muchas veces la muerte, que alguien los mate, o que no deberían haber crecido porque se sabía que eran potencialmente peligrosos.

Amparados en este tipo de “colchón” de sentimientos y opiniones que se multiplican en redes sociales, algunas autoridades pisan la frontera de la legalidad y avanzan en el peor autoritarismo y sancionan de hecho, separando del cargo o iniciando sumarios, a una docente por determinados dichos en el aula, dichos que los opinantes hipercríticos en redes desconocen pero, descargando odio, aprovechan para expresar que los docentes no deben salirse de un libreto básico, obviamente viejo y caduco, además de no muy claro: sólo enseñar… ¿Qué es enseñar? ¿Qué no es enseñar? ¿Acaso no es un acto de sinceridad que el docente diga en el aula lo que piensa? ¿Acaso no hay materiales aprobados por el Ministerio, libros oficiales de por medio, que avalan las informaciones que se tratan respecto de la realidad social? ¿Acaso no hay diseños curriculares de cada nivel en Ciencias Sociales, incluyendo los profesorados, en los que se insiste en el aprender a debatir con fundamentos y respetar las opiniones sin agravios? ¿Acaso no hay en nuestra sociedad conflictos serios por la tierra, los derechos indígenas, los derechos de los trabajadores, represión, muerte, peligros de contaminación y huelgas? Y no ha sido sólo un caso: se denuncia e insulta a docentes por los discursos en los actos, porque hacen uso del derecho de huelga, porque se mencionan cuestiones que a muchos padres no les gusta, porque se muestran libremente con el  pañuelo del color que identifica su pensamiento y tantas otras cosas que limitan el trabajo escolar, realizado según pautas ministeriales y proyectos y programas debidamente aprobados, por sujetos que han estudiado en institutos oficiales y con otros docentes titulados. Se ingresa a un cono de sombras y riesgos donde parece que todo es muy sensible y por ende todo vale, ya no para criticar sino para perseguir. Una onda de autoritarismo e intolerancia muy peligrosa se extiende en nuestra sociedad.

Por Jorge Oriola
Docente y Escritor

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