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El verso tramposo del déficit cero – Por Axel Kicillof

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DIARIO ESQUEL SUR
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Desde que, en el mes de abril, se inició la corrida cambiaria, como dice Mauricio Macri, «pasaron cosas»: por un lado, echaron al presidente del Banco Central, casi se va el ministro de Economía y el país quedó comprometido en un ruinoso e inconsulto acuerdo con el FMIdel que ya se incumplieron todas las condiciones. Pero, además, el saldo financiero fue un espanto: se perdieron 30 mil millones de dólares de las reservas, la tasa de interés alcanzó el 60%, el peso se devaluó un 90 por ciento.

Es, sin ninguna duda, la corrida cambiaria peor administrada de toda nuestra historia. Salimos del episodio mucho peor de lo que entramos: un nivel menor de reservas significa mayor fragilidad, en un marco de total ausencia de controles a los capitales y de inestabilidad mundial; la altísima tasa de interés hace inviable toda inversión productiva e inaccesible el crédito comercial y para consumo; la devaluación va a traducirse en un escalofriante aumento del costo de vida, lo que va a generar una fuerte caída de la demanda, más recesión, desempleo y nueva reducción de salarios.

¿Por qué la corrida fue tan larga y tan profunda? El programa económico de Macri impuso una apertura indiscriminada de las importaciones, la represión salarial, la desregulación financiera, la dolarización de tarifas e inició un nuevo ciclo de sobreendeudamiento. El plan económico neoliberal nos deja frágiles y vulnerables ante los vaivenes de la economía mundial, por eso Argentina es el país que más devaluó, el que puso la tasa más alta, el que perdió más reservas. A estas causas profundas hay que agregar la torpeza y el desmanejo con que, según la opinión unánime de los especialistas, se condujeron los funcionarios.

Para superar el episodio, el Gobierno intentó lanzar una batería de «novedosas» medidas: relanzamiento de Precios Cuidados y de Ahora/12, aumento de retenciones y fomento de Vaca Muerta. En realidad, son todas medidas tomadas del ajuar de la supuesta «pesada herencia» que Macri había descartado, despreciado o desvirtuado desde que asumió. Estas decisiones, en el marco de una política económica que no va a cambiar, son puro maquillaje.

Pero el eje central de los anuncios está puesto, en realidad, en una aceleración del programa de ajuste fiscal. En su sobreactuado discurso, Macri dijo que había que «avanzar hacia un equilibrio de las cuentas públicas, porque no podemos gastar más de lo que tenemos. Hacerlo nos lleva a tener más inflación y a pedir más plata prestada». Luego de incumplir todas sus promesas y de fracasar en todos sus propósitos, ahora, para Macri la panacea es un ajuste presupuestario despiadado, que incluirá la salud, la educación, las jubilaciones, los sueldos públicos, las obras.

El ajuste, según Macri, se traducirá en una menor inflación, un menor endeudamiento y un mayor crecimiento. Claro, el fracaso de su política en estas áreas es evidente: desde que asumió, la inflación acumula un 106%; tomó más de cien mil millones de dólares de deuda, llevando a 90% la relación deuda/PIB; y se estima que la economía va a caer en igual o mayor medida que en su primer año de gestión, terminando la presidencia con una caída del producto por habitante.

No pretendo aquí asumir una defensa del déficit fiscal como política para todos los tiempos, lugares y contextos. Lo que sí es seguro es que, si el Gobierno consiguiera alcanzar su objetivo de eliminar por completo el déficit, tal y como enseñan la experiencia internacional, nuestra historia y la teoría económica de ningún modo tendría asegurados los resultados que promete en términos de inflación, deuda y crecimiento. Es más, en varias áreas, las consecuencias serían exactamente las contrarias.

Con Macri el déficit no para de crecer

Para hablar de déficit, empecemos por los hechos. En sus casi tres años de Gobierno, Macri hizo crecer notoriamente el rojo fiscal. ¿Cómo logró subir el déficit mientras realizaba un violento ajuste? Fácil: reduciendo los impuestos de los sectores más concentrados y elevando cada vez más el gasto en intereses, como resultado de su desaforado endeudamiento en moneda extranjera.

El gráfico 1 fue construido utilizando la metodología habitual —la misma que emplean todos los países del mundo y la que el propio Gobierno utiliza en las presentaciones internacionales (como en el prospecto de emisión del bono a 100 años). Se observa allí que el déficit primario (ingresos menos gastos corrientes) pasó de representar un 1,8% del PIB en 2015 a ser de 2,5% en 2017. Pero lo peor fue la evolución de los intereses, que pasaron de representar un 2% del PIB a representar un 3 por ciento. Con la última devaluación, el peso de los intereses será mucho mayor todavía. De hecho, de cada peso recaudado, en 2015, se destinaban seis centavos a pagos de deuda. Ahora, esta cifra alcanzará los 12 centavos, es decir, más de dos veces más. Así, todo el «ahorro» que realizó el Gobierno recortando la inversión en salud, educación, obra, ciencia, jubilaciones, subsidios, salarios, se fue «por la canaleta» de los perdones impositivos a los ricos y de los gastos en intereses de la deuda. El gobierno que ahora quiere reducir el déficit es el mismo que durante estos años lo hizo crecer.

¿Genera crecimiento el ajuste?

Hace unos días, se conoció una entrevista en la que el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, analizando los anuncios, refutaba el razonamiento de Macri: «Las medidas de austeridad obviamente ralentizarán la economía e impondrán un alto costo en la gente». La evidencia muestra que no existe una relación directa y necesaria entre la reducción del déficit y el crecimiento. Como muestra el gráfico 2, tomando un promedio de los últimos 5 años, no puede establecerse esa causalidad a escala internacional. Más bien, parece ser al revés: en contextos recesivos, el ajuste no hace otra cosa que agudizar la recesión, porque reduce la ya extenuada demanda. Hoy, en Argentina, la producción y el comercio están sufriendo porque no hay ventas, y con más ajuste no habrá mayor consumo, sino menos.

¿La deuda externa caerá con el ajuste?

Tampoco es cierto que el ajuste vaya a reducir la necesidad de endeudamiento. Macri no toma deuda en dólares para cubrir el déficit, sino porque faltan divisas. De no ser así, cubriría las necesidades de financiamiento contrayendo deuda en pesos. No es difícil de comprender: el programa económico de Macri necesita dólares para cubrir el déficit comercial por la apertura importadora, para abastecer la fuga de capitales que superó los 55 mil millones de dólares por la bicicleta financiera, y el creciente pago de intereses que genera el megaendeudamiento. Si el Gobierno redujera el déficit primario, nada de esto mejoraría. De hecho, cuando en 2001 cayó la convertibilidad, el superávit fiscal que había no ayudó a parar la fuga y la inestabilidad financiera. El modelo de Macri necesita dólares, pero no para expandir la producción o el nivel de vida sino para la fuga y los intereses de la deuda externa que no paran de multiplicarse.

¿La inflación se reduce si baja el déficit?

Tampoco el ajuste salvaje va a solucionar el problema de la inflación. De hecho, este Gobierno asumió con el equivocado diagnóstico de que el déficit era financiado con emisión y la emisión era la causa de la inflación. Por eso, eligió como presidente del Banco Central a un monetarista que colocó la tasa de interés por las nubes para bajar los precios. Evidentemente, algo salió muy mal. Y esto se debe a que, aunque el Gobierno lo niegue mil veces, la inflación actual es fogoneada por los tarifazos, por la devaluación y por la concentración en ramas claves de la producción y el comercio, y no por la emisión o por altos salarios. Abrieron la importación, bajaron los salarios y el consumo, subieron la tasa de interés, y la inflación es mayor que en el período anterior. Es más, si siguen empujando los costos y dolarizando la economía, por más que alcancen el superávit fiscal, los precios seguirán subiendo.

El ajuste no asegura el crecimiento, no reduce la inflación, no soluciona el endeudamiento ¿Por qué, entonces, los programas neoliberales buscan siempre la reducción del gasto público? Hay dos motivos: en primer lugar, se aseguran así que toda la recaudación esté disponible para el pago de intereses y, en segundo lugar, retiran al Estado de áreas que, según esa ideología, no tienen ninguna importancia. El neoliberalismo considera que la educación y la salud pública, la inversión en ciencia y tecnología, la infraestructura social básica, las jubilaciones dignas, las viviendas populares, son gastos superfluos, verdaderos «privilegios» a los que solo deben acceder los que los pueden pagar. Y, en tercer lugar, los sectores más favorecidos apoyan siempre el ajuste pura y simplemente porque no quieren pagar impuestos. El ajuste redistribuye al revés: les saca a los que menos tienen para que los ricos paguen menos.

Para finalizar, un comentario marginal: es penoso que el Presidente, luego de tantos tropiezos, siga hablándole a la sociedad como si estuviera compuesta de niños y niñas de 9 años. Macri debe entender que manejar la política económica de un país no es lo mismo que administrar un hogar o que disponer de las empresas o la de herencia (pesada) de su padre. «No podemos gastar más de lo que ingresa», repite Macri para justificar el ajuste. Se ve que no se percató de que desde el más diminuto de los comercios hasta la más inmensa de las empresas recurren al crédito cuando necesitan realizar grandes inversiones para crecer o cuando atraviesan dificultades económicas. Lo mismo ocurre en una familia cuando, por ejemplo, decide comprar una casa o un auto. Entonces, gasta más de lo que gana, es decir, se endeuda. Ni hablar de un país. El problema es cuando, como ocurre con Macri, el endeudamiento se utiliza para la especulación y la fuga, y no para el crecimiento y la inclusión.

John Maynard Keynes graficaba esta situación con la llamada «paradoja de la austeridad». Si un individuo ahorra, se enriquece, pero si todo un país decide ahorrar restringiendo el gasto, entonces el consumo se reduce, las ventas caen y el país en su conjunto debe producir menos y se empobrece por falta de demanda. A esto, precisamente, se refiere Stiglitz. Podemos concluir que, a menudo, las metáforas, las comparaciones o las simplificaciones excesivas, en lugar de facilitar la comprensión de fenómenos complejos, conducen lisa y llanamente a la estupidez.

Tanto Macri como sus guionados y coacheados funcionarios repiten últimamente que, desde hace 70 años, Argentina va de fracaso en fracaso. Y que Cambiemos viene a salvarnos. Supongo que de esa manera quieren hacer alusión a la irrupción del peronismo. Digo «supongo» porque eso ocurrió hace 73 años, de los cuales el peronismo gobernó 35 y que coinciden, justamente, con los de mayor crecimiento económico. En particular, los 12 años y medio de expansión récord del anterior gobierno. Es curioso, también, que no mencionen, por caso, que durante el mismo período hubo más de 16 años de dictaduras militares. Sin embrago, la omisión más llamativa es una rara coincidencia: hace exactamente 70 años llegaba al país el papá del presidente: Franco Macri. Desembarcó sin un centavo y en esos famosos 70 años en los que, según Macri, el país fracasó, su padre, en cambio, sorprendentemente, triunfó. Y cómo. Se convirtió en uno de los hombres más ricos del país. Una de dos, o bien esos años no fueron tan malos, o bien fueron malos para la mayoría, precisamente porque para unos pocos, como Franco y su familia, fueron excepcionales.

 

Por Axel Kicillof – Ex Ministro de Economía

 

Fuente: Infobae

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