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Todos convivimos con el Consenso de Washington y muchos no lo saben – Por Jorge Oriola

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DIARIO ESQUEL SUR
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En la primera clase de historia económica argentina, hace una semana, les pregunté a mis estudiantes de la Universidad si sabían que convivían con el Consenso de Washington. Obviamente no lo sabían. Ante la pregunta siguiente las respuestas fueron variadas pero en general una cosa es haber escuchado algo de un suceso o dato y otra es conocerlo más detalladamente.

Continué preguntando quiénes tenían becas todavía, si necesitaban de ellas, del aporte en el transporte cotidiano, cuánto representaban las tarifas de servicios en los ingresos familiares, quiénes construían su vivienda o alquilaban, si había desempleados en las familias y si pagaban créditos bancarios en esta etapa del año.

A cada respuesta individual yo insistía: eso está relacionado con el Consenso de Washington.

El tema quedó para la clase siguiente y es parte importante del programa de nuestra materia. Veamos. ¿Qué fue ese “consenso”? ¿Cuándo se produjo? ¿Por qué se realizó el evento y se firmó ese documento final? Y lo más denso: ¿Qué consecuencias arrojó o sigue arrojando?

Resumo. Pocos meses antes de la “caída” del muro de Berlín y un año antes de la disolución del bloque socialista se reunieron en Washington una buena cantidad de banqueros, economistas, funcionarios del área económica de países capitalistas importantes, del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial y acordaron las bases de las exigencias económicas a los países deudores, emergentes, del en breve ex Tercer Mundo y del Este europeo en la nueva etapa.

Se hundía el socialismo y sin oposición siquiera ideológica, el liberalismo, ahora llamado “neo” gobernaría con su discurso único. La reunión fue en mayo de 1989, la “caída” del muro fue en noviembre de 1989 y la disolución de la Unión Soviética y sus aliados, pasados uno por uno al capitalismo, ocuparían la escena en los inicios de los `90. Adelantados los muchachos, previsores en todo caso.

¿Qué acordaron? El Consenso se caracterizaba por ser un conjunto de “recomendaciones” que los organismos multilaterales de crédito les darían gentilmente a los gobiernos de los países endeudados, mayormente latinoamericanos, al momento de solicitar renegociaciones de deudas y los consiguientes nuevos préstamos. Es decir: “¿Ustedes quieren saber cómo proceder para saldar sus deudas? Bien, nosotros les diremos qué deben hacer.” Y fueron diciendo más o menos esto, una especie de receta que, por conocida no dejaba de ser exitosa…, para ellos. A saber:

1. Disciplina fiscal, o sea la reducción drástica del déficit presupuestario, para solucionar las graves diferencias entre ingresos y egresos tras las crisis en balanza de pagos e inflaciones elevadas. Es decir, a recortar el presupuesto sin que tiemble la mano del que maneje la tijera

2. Disminución del gasto público, especialmente en la parte destinada al gasto social. Entonces, recorte de planes de sustitución de empleo, de becas, de subsidios, de jubilaciones masivas sin aportes previos y todo eso muy “populista” que genera gastos del fondo común, o sea la recaudación general

3. Mejorar esa recaudación impositiva sobre la base de la extensión de los impuestos indirectos, especialmente el IVA. Hacer de las agencias correspondientes, en nuestro caso la AFIP, entidades firmes y exigentes, cobrar sin mirar a quién, cosa que en la práctica nunca se cumple

4. Liberalización del sistema financiero y de la tasa de interés; todo en función de la libre competencia entre bancos, suponiendo, erróneamente, que ellos no se pondrán de acuerdo y creyendo, también erróneamente, que los gobiernos serán prescindentes de sus actividades y objetivos

5. Mantenimiento de un tipo de cambio competitivo; claro, hay que discutir qué es eso de “cambio competitivo” pero ya sabemos: los que importan necesitan un dólar bajo y los que exportan siempre dicen que está bajo

6. Liberalización comercial externa, mediante la reducción de las tarifas arancelarias y abolición de trabas existentes a la importación. Es decir: convertirnos en una “góndola” y mostrar a los consumidores productos de todo el mundo que ingresaron como importaciones libres de impuestos; si se arruinan las industrias nacionales no importa, comeremos cerdo de Dinamarca en lugar de bonaerense o patagónico y cosas por el estilo

7. Otorgar amplias facilidades a las inversiones externas. Eso es, flexibilizar las llegadas de dinero para invertir; nada de exigencias de guardar el dinero un tiempo en bancos nacionales y que esperen un par de añitos para reenviar “utilidades” a sus casas matrices. Traigan la plata y pidan que acá estamos dispuestos a escuchar y obrar en consecuencia. Algunos llaman a esos ingresos “lluvia de inversiones”

8. Realizar una enérgica política de privatizaciones de empresas públicas. Eso, bien enérgica, y así lo hizo Menem que, dicho sea de paso, cumplió a la perfección una por una las recomendaciones como si fueran órdenes en los tiempos de las relaciones carnales. Y si algún gobierno posterior, obviamente “populista” tuvo la osadía de recuperar alguna empresa o mantener otras aún no privatizadas o concesionadas, que se cumpla ya mismo. Como dijo uno de los mejores alumnos del Consenso, el ex ministro Dromi: Nada de lo que sea privatizable quedará en manos del Estado, palabras más o menos

9. Cumplimiento estricto de la deuda externa. Clarito… Como si fuera uno de los mandatos grabados a fuego en las tablas de piedra sostenidas por Moisés: el que debe… paga; como sea pero paga. Y si no puede se vuelve a endeudar o… entrega algo que sea útil para privatizar. En el fondo, al Fondo no le interesa que pagues, o sea desendeudarte; al contrario, su gran negocio es que seamos deudores siempre y hacia eso apuntan sus estrategias

10. Derecho a la propiedad: debía ser asegurado y ampliado por el sistema legal. Obvio, han pasado décadas combatiendo al socialismo irreverente y al comunismo utópico para destruir las propiedades estatales o colectivas. ¿Cómo van a permitir que algún gobernante civil “populista”, de ésos que son votados, o asumen como líderes militares pero con votos y siempre con miles y miles de fanáticos en las calles apoyándolos se le ocurra expropiar o confiscar o nacionalizar o estatizar?

Como bien dice el historiador de economía argentina Mario Rapoport, la implementación de dicho Consenso se materializa en el cambio del patrón productivo, que pasa de ser un modelo sustitutivo de importaciones a ser uno de apertura de la economía. Las estrategias elaboradas en el “Consenso” rigen nuestra vida desde 1989; en unos cuantos años escapamos a ellas y fuimos algo “heterodoxos” pero desde 2015 el voto de la mayoría (escasos 650 mil votos) marcó el cambio de rumbo.

Está claro que nos rige el Consenso de Washington y muy agravado. Créditos a tasas enormes, créditos impagables; pérdida de derechos sociales en todos los ámbitos; pérdida de la capacidad de ahorro y de crecimiento; aumento del desempleo y ampliación del empleo en negro; una deuda externa que representa casi el total del PBI; inflación y pérdida de la calidad de vida obtenida; importaciones que lograron quebrar industrias locales; pérdida de consumo y empresas del mercado interno; mayor pobreza…

Si no fueron por más es gracias a la resistencia popular. Anunciaron seguir lo mismo y más rápido. Este año es año electoral. Debemos revertirlo.

JORGE ORIOLA
Historiador y docente

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