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Acerca del 12 de octubre como fecha de recordatorio – Por Jorge Oriola

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Jorge-Oriola
DIARIO ESQUEL SUR
DIARIO ESQUEL SUR

Durante casi todo el siglo XX el día 12 de octubre fue celebrado, festejado, conmemorado en Occidente como parte de una “fiesta de la Hispanidad”, en tanto fue en 1492 el punto de partida simbólico de un nuevo y gran desarrollo de los reinos hispanos, también ibéricos e incluso europeos latinos y anglosajones. Después de Colón, arribaron a este continente numerosas expediciones de conquista y colonización con hombres venidos de Portugal, Francia, Inglaterra, Holanda y también de Suecia. Y no era para menos.

América, nombre dado a esta parte del mundo, era la gran fuente de recursos que en aquellos años significarían un ingreso inimaginable de tesoros y ganancias a los reinos que ocuparon, resoluciones del Papa mediante, y explotaron territorios y pueblos. Dicho de modo sencillo: tierras, metales preciosos y mano de obra barata al alcance de los aventureros. El resultado es por todos conocido: conquista, colonización, conversión religiosa forzada, explotaciones aberrantes, castigos corporales, muerte por todas partes, mestizaje, caída abrupta de la población local en pocas décadas, nuevas enfermedades, sustitución de poderes y culturas, servidumbre y esclavitud, incluyendo la introducción de mano de obra africana negra. Nuevos idiomas impuestos, nuevos nombres, nuevos cultivos y ganados, nuevas herramientas, nuevas armas; novedades que sirvieron a un único objetivo: construir las bases de un capitalismo incipiente en tiempos de un feudalismo agonizante.

Eso simbolizó el “descubrimiento”: Europa descubrió en América la posibilidad de saquear un territorio para ella desconocida e introducir los nuevos recursos para financiar guerras, solventar nuevas campañas militares y coloniales y acrecentar las bases económicas de un nuevo sistema socio económico apenas embrionario, el capitalismo. No en vano los reyes adjudicaban las empresas y fijaban las normas de la conquista y los nuevos burgueses financiaban los viajes. Todos ellos aspiraban a quedarse con una parte importante del resultado y en verdad lo lograban. Los aventureros también: obtenían oro o dinero en metálico, del metal que fuere; obtenían, en caso de poder regresar, esa honra con riquezas y algún título además de cierta gloria; y unos y otros cumplían con los objetivos religiosos adquiridos en la lucha contra los musulmanes y avalados por el Papado: expandir la fe católica en el nuevo mundo, sea como fuese.

Pese a muchas contradicciones entre lo legal y lo real y varias discusiones de alto voltaje en algunas cortes, en este continente el dominio avanzaba, los nuevos territorios se organizaban con nuevos nombres y los pobladores europeos, en su mayoría pobres, delincuentes, campesinos desplazados, mineros, proletarios sin instrucción, burócratas, aventureros impiadosos y curas de diversa jerarquías se establecían para aportar al proceso de conversión de un territorio “indio” a un espacio europeizado, bajo jurisdicción de alguno de los reinos coloniales con una población en la que se destacaba un creciente mestizaje.

Entre esos debates los historiadores continúan analizando uno en especial: el de Fray Bartolomé de Las Casas, defensor de los “indios” en cuanto a sus derechos como seres humanos y súbditos de la corona española, y Ginés de Sepúlveda, filósofo aristotélico que, siguiendo el pensamiento de su par griego, que las culturas superiores dominen naturalmente a las inferiores, avalaba la conquista de modo absoluto e irrestricto.

La demografía americana previa a la conquista cambió de modo abrupto en pocas décadas. ¿Causas? Las matanzas, la presión del trabajo esclavo, las nuevas pestes y las enfermedades desconocidas por los indígenas, el cambio de distribución de recursos alimentarios al introducir los ganados para consumo y las caballadas para trabajar y guerrear restringiendo espacios para agriculturas tradicionales, y la caída de la autoestima “india” que perjudicó el crecimiento vegetativo por menores contactos sexuales, abortos e infanticidios como resistencias.

¿Cuántos habitantes tenía este continente antes que se concretase aquel primer viaje de ultramar, antecedente del proceso de globalización actual? Numerosos investigadores de diversas universidades han realizado cálculos sobre la base de variados registros e hipótesis. Algunos hasta mitad del siglo XX hablaban de unos 7 a 9 millones de personas. Otros, más adelante, llegaron a calcular poco más de 100 millones. En menos de un siglo, el XVI, el de la conquista, las regiones de regadío en especial las de México y las del dominio incásico, la cifra, basada en censos y registros ibéricos, habría bajado a apenas 4 millones. El resto de las regiones aportarían cantidades menores dada las dispersiones en selvas, llanuras y estepas.

¿Era este continente un paraíso? No, no lo era. Las nuevas perspectivas basadas en posturas de resistencia ideológica, indigenista, anticapitalista, antieuropeas, suelen idealizar la vida indígena previa a la conquista. Es más, “decretar” el 11 de octubre como “último día de la libertad” es una postura política, ideológica, enmarcada en un fuerte rechazo al hispanismo tradicional que servía de base al festejo del 12 de octubre. Ni día de ninguna raza ni encuentro de culturas; tampoco día de la diversidad; inicio de una resistencia  que hoy se multiplica. Pero la Historia no se escribe en blanco y negro como campos antagónicos. Este continente estaba poblado pero no integrado; los imperios mayores, en México y el Tawantisuyu o incásico apenas tenían información selecta y restringida de la existencia de pueblos periféricos pero la mayoría de ellos era desconocida para otros. Y esos imperios, con alto grado de civilización aunque tecnologías menores que la europea, se mantenían sobre la base de la opresión a pueblos más débiles. Sólo así se entiende por qué algunos grupos sometidos colaboraron con Hernán Cortés e incluso una princesa como Malinche ofició de lenguaraz contra sus opresores aztecas.

Esta nueva perspectiva, desde un pensamiento de resistencias con connotaciones de actualidad política, suele idealizar ese pasado pre-europeo y caracterizarlo de modo poético. Nada que ver. Los europeos fueron tan implacables y bárbaros en América como lo eran en Europa y los indígenas de imperios poderosos actuaban de modo similar ante sus oponentes indígenas más débiles. Los imperios y reinos fuertes se construyeron siempre sobre la base de la guerra, la mejor tecnología aplicada a la guerra y con claridad de objetivos. Sin embargo, esta perspectiva de resistencia contemporánea, al menos desarrollada con mayor actividad política e intelectual desde los “festejos” del 5to Centenario en 1992, y en oposición a ellos, guarda hoy una lógica de resistencia al poder global del capitalismo depredador: resistencia a las transnacionales megamineras, a las empresas de electricidad, a los poderes neocoloniales que avanzan por el agua y la tierra, a los gobiernos cómplices que facilitan el desastre ecológico en perjuicio de todos y todas pero fundamentalmente de los pueblos campesinos e indígenas.

Reclamar por el presente, por equidad e igualdades, por derechos culturales, por el derecho a la tierra y la recuperación de territorios ancestrales es poner en debate la construcción de un estado-nación sobre la base de las masacres institucionales del siglo XIX, sus avances y continuidades en el siglo XX y en el actual y obviamente, en la matriz de la conquista de América, durante esa etapa de construcción de un capitalismo dependiente y colonial asentado en el sometimiento absoluto de los pueblos existentes a la llegada de los europeos.

La historia, como procesos del pasado, no puede rectificarse pero sí puede conocerse y acerca de ella nos queda la única opción: interpretarla. También podríamos decir que sirve para que no se reiteren hechos que nos han hecho daño como Humanidad.

Jorge Oriola
Historiador


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