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2001 no es igual a 2018 – Por Jorge Oriola

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DIARIO ESQUEL SUR
DIARIO ESQUEL SUR

Dicho así parece una verdad de esas q llaman de Perogrullo, es decir, las q no necesitan explicación porque se sobrentiende que hablamos de años distintos y por más que muchos se esfuercen, ningún tiempo es igual a otro. Aunque haya similitudes, en Historia no hay períodos, épocas, tiempos ni procesos repetidos o repetibles. Sólo en los tangos, o al menos uno, muy romántico pero con su dosis de tragedia, aparece eso de “la historia vuelve a repetirse”. Vuelvo a una frase anterior: en muchos casos hay similitudes.

Lo digo porque en esta crisis socio-económica-política-cultural que vivimos en el país, es usual decir que estamos como en 2001, porque nos referenciamos en la última crisis, la peor de la Historia argenta reciente, que no sólo abarcó gran parte de ese año sino que “explotó” en diciembre con el desmadre de la política nacional, varios presidentes de funciones efímeras y los más triste, más de una veintena de jóvenes muertos por la represión de la anterior Alianza, por Fernando De la Rúa, momentos antes del histórico helicóptero.

Pero no; un análisis más detallado nos permite ver grandes diferencias entre esa crisis de finales de 2001 y ésta, aún sin resolver, y dicho sea de paso, no parece que pueda terminar del mejor modo. Y ahí están los riesgos; no deseamos más muertes políticas en nuestro país.

En primer lugar, en 2001 funcionaba la Ley de Convertibilidad, invento de Felipe Cavallo, ministro de Economía de Menem y vuelto a convocar por De la Rúa cuando ya no sabían qué hacer frente a los problemas arrastrados y los nuevos. Esa ley amparaba la continuidad de la equiparación del peso con el dólar en relación 1×1; por ende, no se registraban las  devaluaciones.

No existía carrera inflacionaria y a la vez había bajado notoriamente el circulante monetario. Hacia noviembre de ese fatídico año, las reservas del BCRA bajaron de modo calamitoso en pocos días, porque hubo una veloz fuga de capitales, en especial bancarios, cuando muchos economistas y funcionarios veían que la “criatura” de Cavallo entraba en agonía. La escasez de circulante motivó la aparición de las “quasi monedas”, algunas provinciales y una nacional: el LECOP (Letras de cancelación de obligaciones provinciales). También el tristemente famoso “corralito”, una de las últimas creaciones del citado ministro, y esa acción provocó la reacción movilizadora y casi desestabilizadora, obviamente con justica, de ese sector de clase media que aún podía apoyar al gobierno de la Alianza.

Había millones de pobres e indigentes, había nacido el movimiento piquetero años antes, crecía el desempleo, y también el descrédito hacia la política y los políticos. Mercado del trueque, movilizaciones frente a los bancos, piqueteros y ahorristas en las calles, y “la gente” sin dinero en los bolsillos. Gobierno sin apoyos, represión asesina, recambios dentro de los términos constitucionales y, como casi siempre, un actor de mucho peso en el medio: el Fondo Monetario Internacional.

¿Esto ocurre en la actualidad crítica de la primavera reciente de 2018? No. Pese a nombres que se repiten, como Bullrich, Megacanje, Blindaje, Sturzzeneguer, neoliberalismo, Alianza y otros, hay diferencias importantes. Sin embargo, ello no implica que estemos mejor y no haya riesgos; al contrario, los hay. El futuro no es venturoso en materia económica y entonces lo social es una incertidumbre y el panorama es oscuro.

No hay convertibilidad pero existen interesados, dentro y fuera del país, en llevar el valor del dólar a un nivel más alto, quizás cercano a 50 pesos, y dolarizar la economía en forma directa. No hay claridad en las propuestas pero se ha leído y escuchado la amenaza. Como la Argentina no emite dólares, la mayor parte de los que se negocian son producto de los créditos, es decir una acumulada y creciente deuda externa a largos plazos, y funciona más o menos así: ingresan al BCRA; ante la demanda y sin controles o restricciones (el “cepo” era una mala palabra) la entidad los subasta por cientos de millones semanales buscando evitar la suba; los tenedores de LEBACs (Letras del Banco Central) las venden en pesos, con ellos compran los “verdes” y los sacan del país. Un drenaje de gran caudal y peligroso. Para colmo, empresas y bancos retiran del país sus ganancias en dólares porque el gobierno ha desregulado el uso de las utilidades y sin obligación de reinvertir; eso también es fuga de divisas y aumenta el drenaje cambiario. Si el FMI no adelanta más dinero del ya pactado probablemente haya cesación de pagos, situación conocida como “default”.

Hay muchos más pobres e indigentes que en 2015; muchos más desempleados y muchas menos empresas, en especial las PyMes, familiares y cooperativas que en 2015; las tarifas de servicios públicos y precios de combustibles sujetos al valor dólar y las decisiones empresariales, sin control estatal aumentan la crisis de precios y costos, desde las economías familiares a las empresas; la apertura comercial o importación, indiscriminada, provoca el ingreso de mercaderías de consumo que golpean la industria nacional y las regionales y aumenta la salida de dólares de quienes pueden comprarlos, caso los hipermercados, muchos de ellos con casas matrices en el exterior. Todavía hay dinero circulante, pese a los precios, el alza del costo de vida, salarios deprimidos y falta de programas sociales y subsidios. Ese circulante ya no rinde semana a semana y existen riesgos de “corralito” si el Estado los necesita en la medida en que deba pagar Lebacs con altos intereses y no le ingresen dólares, ya que no funcionan las otras dos canillas de ingreso: además de los créditos, podrían ser las retenciones a las exportaciones, pero no lo son y por decisión gubernamental, y las inversiones extranjeras, que ante esta situación de crisis ya no llegan.

Como vemos, no es el déficit fiscal el peor problema del país, el que urge resolver, en esta Argentina de hoy; ése es el manejo de los medios y los políticos oficialistas y las aspiraciones de los bancos y el FMI detrás, de quedarse con lo que aún Cambiemos no pudo rifar.

Pero hay diferencias políticas sustanciales. En 2001 había un fuerte rechazo del electorado medio a la figura de Menem pero no es comparable con el fuerte odio que aún se expresa en un núcleo duro pro Cambiemos hacia el peronismo en general y el kirchnerismo en particular. Y ese odio, alimentado por el gobierno y los medios hegemónicos, le sigue garantizando a Cambiemos un apoyo básico de un 25 al 30% del electorado. En segundo lugar, pese a las dificultades del presidente para expresarse y otras “yerbas” que entretienen a muchos, sean quienes fueren los funcionarios que hablen o intenten decir algo coherente, Macri no llegó al descrédito que había cosechado De la Rúa a fines de setiembre del 2001. Incluso esa Alianza había perdido de modo absoluto las elecciones intermedias. La prensa hegemónica no sólo ya no lo defendía sino que circulaban fuertes burlas por numerosos programas de tv y radio. Indudablemente, pese a que la Vice pueda decir que los mapuches atacan con lanzas y según Bullrich lo hacen también con facas, aquél gobierno era más torpe. Contextos distintos pero aquella Alianza carecía de un asesor ecuatoriano exitoso.

El descrédito del pueblo hacia la política llevó a eso de “que se vayan todos” y al final no se fue ninguno; al contrario. Porque no se puede hacer un país o corregir un rumbo sin política. Hubo recambios dentro de la ley y la Constitución pero cuando llegaron las elecciones, anticipadas después de los sucesos criminales de Avellaneda, la oferta electoral estuvo muy dispersa. Sólo dos candidatos alcanzaron casi la mitad de los votos; el resto, muy fragmentado. Hoy no se ve tal dispersión de la oposición y a la vez no se registra rechazo a la vida política y sindical; si Cambiemos no avanzó más en su proyecto neoliberal es porque hay fuertes resistencias políticas y sindicales y plena actividad callejera, pese a la represión cada vez mayor desde el Estado.

Y otra cuestión importante, aunque debe haber algunas más: entre 2001 y 2018 hubo doce años y medio de gobierno de una nueva fuerza peronista y popular, renovadora y carismática: el kirchnerismo. Y dos presidentes con mucha garra y mucho apoyo.

No era Kirchnerlandia. Para nada. Había problemas, como la pobreza, con mucho menor porcentaje pero sin resolver. Casos de corrupción denunciados que deben pasar por la “justicia” pero que sea realmente transparente y no mediática y bochornosa como la que desarrollan muchos jueces y fiscales, habituales visitantes de la “embajada” y muy bien relacionados con Clarín. Había un fuerte poder de las megamineras y los agronegocios y las secuelas de contaminación y riesgos.

Como contrapartida, esa combinatoria de políticas industrialistas, defensoras del salario y del ingreso, con prácticas propias de estado de bienestar y neokeynessianismo, desendeudamiento y apoyo a la ciencia y la tecnología, la inclusión de millones de personas al mercado interno, jubilados nuevos y viejos, estudiantes becados, trabajadores formales con paritarias, dinero en circulación y crédito para consumir o pasear por el país (en definitiva, todo eso que Cambiemos anuló) dejó su huella profunda. Y esa situación de este nuevo siglo no existía en tiempos de aquella otra Alianza.

Como para referenciarse. Como para comparar. Como para saber qué hacer en este escenario de crisis.

Jorge Oriola
Historiador


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